Entonces tu madre te mira con esos ojos, como queriéndote decir
lo que no quieres oír...
Una fría tristeza recorre tu alma en ese instante, tus ojos
empiezan a llenarse de lágrimas, en ese momento no existe Dios que pueda curar.
Lastimosamente, a veces me empeño en creer más en la ciencia
que en los poderes de Dios, ese que desde niña llevo en mi corazón.
Sentí que el mundo se destruía, y formé una tormenta en un
vaso que no contiene líquido alguno. Y entonces pensé: ¿Por qué no me pasa esto
a mi? ¿Por qué?
Pero de nuevo volví a mi estado natural y supe con certeza
que Dios está aquí, para dar consuelo, para sentir que hay una esperanza, para
darme cuenta que la familia es lo único en lo que se debe luchar hasta las
últimas consecuencias.
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