Aún sigo preguntándome qué hubo entre los dos.
Quizás una reciprocidad entre lo fugaz y lo eterno. Todo y absolutamente todos los vientos me llevaban hasta su boca para dejarme navegar según su beso me tambaleara.
En sus ojos se vislumbraba cierta incertidumbre de lo que iba a ser, y al tiempo, una certeza recóndita de aquello a lo que no nos negábamos. Éramos un sueño real, una realidad etérea cuyo tiempo era cómplice, el universo alineaba astros en el cielo para juntarnos sin problema alguno, excepto cuando ojos extraños nos miraban. Éramos no más que un par de chiquillos que reían hasta cuando la luna por las nubes se asomaba. Y entonces las hojas de los árboles se mecían hasta tocar sus cabellos, los cabellos que yo peiné con mis dedos.
Fui feliz.
La felicidad era tocar su piel y encontrar tesoros en sus ojos color gris café. Era insomnio. La luz de un corazón que hasta apenas conocía de brillos. Era el sueño tranquilo que descansaba sobre una pequeña y dura almohada. Tanto creo que le dí. Él se fue. Tanto el me dio y huí.
Hasta el ocaso que llega no veo su sombra. No oigo sus latidos, ni siento el perfume, su dulce aroma.
Nada me lleva a él.
Por muchos caminos que siga todo me conduce lejos de él.
Y duele.
El corazón no entiende de rumbos ni pasadizos secretos, ni atajos ni mucho menos de destinos.
El corazón sabe amar, y hasta el sol de hoy cree que algún día lo encontrará.