Afortunadamente de todas esas cientos de personas conocidas quedó una que se que está ahí para mi en cualquier momento, y entonces uno se da cuenta que no importa si uno no tiene los millones de amigos. Basta uno verdadero para mirar al cielo y dar las gracias.
Ella ya no está aquí en la ciudad. A pesar de la distancia y del largo tiempo que no nos hemos podido ver, aun me escribe y siempre estoy ahí para ella. Es tal vez la primera persona en la que pienso cuando tengo un problema, y aunque se que no me dará la solución, sé que puedo desahogarme y sentir que esos kilometros que nos separan, no son obstáculo para hacerme sonreír.
Yo casi cometo el error de pensar que volver a hablar a mis viejos amigos haría que ellos volvieran a estar en mi círculo social, pero por fin entiendo que el tiempo pone las cosas en su lugar, y aunque esos viejos amigos ya no sean amigos (no por peleas sino por que el tiempo lo decide así) estarán allí en mi historia como personas que aportaron a lo que soy hoy en día.