viernes, 29 de septiembre de 2017

De los amigos

En mi adolescencia logré hacer una gran vida social gracias al grupo de la iglesia a la que asistía. De allí pocos casi ninguno llegó a ser incondicional hasta este punto de mi vida en la que ya soy joven adulta. De la universidad también reconozco que hice una vida social mucho más grande que la de ese grupo anterior: el teatro, la música, el coro y obviamente en mi carrera fueron apareciendo personas con la que contaba. Luego después de egresar, fueron desapareciendo de mis conversaciones, y así de mi vida. 
Afortunadamente de todas esas cientos de personas conocidas quedó una que se que está ahí para mi en cualquier momento, y entonces uno se da cuenta que no importa si uno no tiene los millones de amigos. Basta uno verdadero para mirar al cielo y dar las gracias.

Ella ya no está aquí en la ciudad. A pesar de la distancia y del largo tiempo que no nos hemos podido ver, aun me escribe y siempre estoy ahí para ella. Es tal vez la primera persona en la que pienso cuando tengo un problema, y aunque se que no me dará la solución, sé que puedo desahogarme y sentir que esos kilometros que nos separan, no son obstáculo para hacerme sonreír.

Yo casi cometo el error de pensar que volver a hablar a mis viejos amigos haría que ellos volvieran a estar en mi círculo social, pero por fin entiendo que el tiempo pone las cosas en su lugar, y aunque esos viejos amigos ya no sean amigos (no por peleas sino por que el tiempo lo decide así) estarán allí en mi historia como personas que aportaron a lo que soy hoy en día.

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