lunes, 4 de mayo de 2015

Del amor en el hombre

La noche estaba pasada de tragos, el ruido y el vino ya habían hecho efecto en ella y en mí. Cada momento que pasaba me hacía comprender que nuestra historia no iba tener fin. Nos buscábamos con la mirada, nos sonreíamos y nos peleábamos tontamente por cosas sin sentido. Para los demás era más que obvio que pasaba algo entre ella y yo; podía saberlo porque nos miraban y se sonreían entre ellos.
A pesar de tener a mi novia era casi imposible no mirarla, y más cuando ella hacía llamar mi atención.

Ella que una vez fue parte de mi vida aun se veía hermosa, quizás un poco más que antes, ya era toda una mujer, se veía muy segura y eso la hacía ver mucho más madura; la verdad no sabía cuando iba a dejar de sorprenderme.

 Al sonar una canción la tomé de la mano-

-Vamos a bailar- le dije llevándola hacia el lugar y en el momento incómodo de abrazarnos la miré fijamente. Sentí un corrientazo por la espalda cuando posó sus manos en mi cuello; después de tanto tiempo de nuevo estaba junto a mi, su pecho junto al mío y su cara tan a poca distancia hacían surgir palpitos fuertes en mi corazón

-Tu pecho… late fuerte- me dijo mirándome a los ojos, creo que me sonrojé un poco y solo me eche a reir

-Es la bailada -le respondí, aunque sabía que no me creía pues ella sabía cuánto había querido ese momento, no era tonta, sabía que a pesar de todo lo que había pasado entre los dos, a pesar de las tristezas y el dolor causado yo aún sentía algo por ella y ella también hacia mí. Sus manos estaban frías y su mirada se volvió tímida como la primera vez que nos besamos; su aliento tenía un suave aroma a vino.

La noche transcurría entre risas, baile y miradas. Entonces me sentí en mitad de mi vida: entre mi dulce pasado y mi feliz presente.
Pasada las 3 de la madrugada Isabel ya no se sostenía de pie, estaba completamente tragueada, iba ya a dormir y sabía que estaría sola en la habitación. Todos ya estábamos pasados de tragos, me aproximé a la habitación sin hacer ruido, pero la poca luz que alcanzo a entrar mientras abría la puerta alertó a Isabel, entonces le puse seguro a la puerta y me senté al borde de la cama.

-David, eres tu?

-Si... soy yo-dije, ella se levanto y se sentó a mi lado

-¿Qué haces aquí?

-Necesitaba verte, hablar un rato-entonces posó su cabeza en mi pecho; yo estaba seguro de que si estuviera sin tragos ella me hubiese echado de allí, era muy orgullosa. Me sentía feliz al estar a su lado, aunque haya sido en esas circunstancias en que no somos del todo nosotros mismos, hacía mucho que no la veía frente a mi, solo por fotos en facebook.
Busqué su boca y ella puso sus frías manos en mi cuello, de nuevo nos hallábamos allí, uniéndonos en un beso, un beso que nunca olvidaré, sentía en mi pecho una sensación de retenerla a mi lado por siempre… en realidad me hacían falta sus besos tiernos, ella era única.

-Nunca debimos alejarnos-me dijo me abrazó fuerte, y puso su cara contra mi cuello.
No dije nada… tenía un nudo en la garganta y mis ojos se llenaban de lágrimas… suspiró de tristeza y sentí una lagrima recorrer por mi cuello.

-Te quiero – le dije

Las palabras se me entrecortaban, ella sabía que le estaba abriendo mi corazón; siempre le había dicho que los niños y los borrachos nunca mienten y ella nunca me creía, pero se con certeza que esa noche me había creído. 

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